top of page
Buscar
  • Foto del escritor Viajeras Boricuas

ARGENTINA: ¡El viaje más hermoso de mi vida!

Descubrí a Argentina a través de la literatura, la música y el cine. Aprendí cómo se debe llorar leyendo las instrucciones de Cortázar, supe cómo decir adiós y usar el amor como un puente escuchando a Cerati, y me enterneció cómo puede uno replantearse la vida viendo a Darín ser el hijo de la novia. Los deseos de visitar este extraordinario país se fueron sumando lentamente pero de manera sólida, y en medio de la emoción de un momento muy especial en mi vida, decidí no posponer la coordinación de este viaje.


En una conversación súper 'random', le hice dos preguntas a mi amiga Cynthia: ¿Qué harás para despedir el año? ¿Quieres hacer un viaje conmigo y despedirlo en Argentina?


Cynthia me dio el SÍ más veloz y contundente que nadie me había dado en mucho tiempo, y así comenzó todo. No pude hacer otra cosa que pensar en Adriana para coordinarlo con ella y con su equipo de Hectours. Concluir un año y dar inicio a otro viajando puede ser tan convulso como emocionante. He podido hacerlo en diferentes destinos y en compañía de una variedad de personalidades.


Hoy, al mirar las fotos que documentan el recorrido por Argentina, y al visitar cada lugar en mis recuerdos, puedo afirmar categóricamente que este ha sido el viaje más hermoso de mi vida.

Son muchas y diversas las razones que me permiten afirmarlo. Buenos Aires es una ciudad llena de contrastes donde conviven la historia y la modernidad de forma dramática e impresionante. Donde fijas la mirada, se forma un microcuento en tu cabeza que te hace imaginar el fragmento de una historia interesante que alguien vivió allí antes de que llegaras tú. Eso te hace sentir el deseo de regresar a ese lugar incluso antes de haberte ido.



La arquitectura y los detalles de los edificios (ya sea en una puerta, una reja o una ventana), la configuración de sus calles y los espacios que te invitan a decidir si continuar caminando o detenerte, son un reto para cualquier viajero. Despedir el año en la calle entre decenas de miles de personas escuchando diversos idiomas con emoción y sin ninguna confusión, sentarte y sonreír junto a Mafalda en una calle de San Telmo, beberte un Fernet y el whisky que te gusta en Puerto Madero, conversar con desconocidos que también están explorando un boliche en Palermo o abrumarte maravillosamente mirando las carátulas de los discos de vinilo en el primer nivel de la librería del Ateneo, son algunas de esas cosas que se pueden saborear en Buenos Aires sin pretensiones. En esta ciudad te acechan con ternura el tango, el rock y el resto de la música que escuchas, confesando que esta ciudad tiene algo que ofrecerle a cada generación.



Entonces... Iguazú y Calafate. No sé cuántos abrazos nos dimos Cynthia y yo en esos destinos, ni cuántas fotos nos tomamos la una a la otra tratando de capturar con imágenes las expresiones que provocaron lo que vivimos entre cataratas y glaciares. 


Iguazú y El Calafate representan un cambio de turno donde la naturaleza te abofetea con su fuerza y majestuosidad.

En Iguazú... visitar las cataratas, contemplarlas, escucharlas y navegarlas en un bote desde el lado argentino, para luego cruzar la frontera hacia Brasil y admirarlas en todo su esplendor, que sugiere un infinito de caídas de agua interminables, es una experiencia que te hace sentir privilegiado de ser parte de este planeta.


No hay espacio para la intimidación cuando te acercas en la embarcación a esas impresionantes cascadas, por las que (en esos días y gracias a las fuertes lluvias de la semana anterior) bajaban contundentemente billones de galones de agua por segundo. La energía la consumes toda en maravillarte, riendo al escuchar cómo ríen todos los que están en el bote contigo. Nada puede sustituir la experiencia, y esta parte del viaje me hizo repetirme esta frase infinidad de veces multiplicadas por el número pi. Dicho eso, estar allí provoca una emoción irracional. Cerré ese recorrido por las cataratas caminando con Cynthia por una pasarela rodeada de agua, al borde del abismo de la garganta del diablo y perseguida por un arcoíris que me acompañó en este trayecto de un viaje al exterior que fue también un viaje a mi interior. Y para hacerlo más significativo, y sin haber podido digerir tanta maravilla visual y auditiva, cené en Argentina en una mesa con una vista en donde a mi izquierda veía a Paraguay y a la derecha a Brasil. Nunca había estado al borde de tres fronteras y en un triángulo tan amoroso.



Y El Calafate, en la Patagonia Argentina. Otra vez agua, pero en los dos estados de la materia que más me gusta verla: sólido y líquido, rodeada de los dos colores de la naturaleza que mejor contrastan: el verde y el turquesa. Haciendo una pausa, como si ignorara que es un importante destino turístico, el trayecto hacia el Parque Nacional de los Glaciares, acompañado del Lago Argentino y de la Cordillera de los Andes, es como sumergirse en una ilusión óptica. Se apagan los ruidos que tienes en la cabeza y cuando, en plena navegación por el lago, te saluda un témpano y luego te enfrentas al glaciar, percibes de otra manera la realidad hasta entonces conocida.


El clima, los paisajes y los colores te hacen cuestionar tu capacidad para procesar la estimulación excesiva y tu conocimiento del mundo. Solo recuerdo una emoción similar cuando siendo una niña usé por primera vez un caleidoscopio. Lo que este lugar te provoca no está sometido a tu voluntad ni a tu interpretación y, aunque puede variar de persona a persona, el denominador común es que cada cual se impresiona con la maravilla y la majestuosidad de lo observado. Y para completar la estancia en El Calafate, recorrer la Avenida Libertador con la intención de una aventura gastronómica puede darle a la tarde y a la noche la magia y el contraste del sabor del ardiente cordero patagónico, seguido de un trago en un bar de hielo.



El retorno a la ciudad de Buenos Aires luego de este intenso contacto con la naturaleza fue surrealista. Cynthia y yo coincidimos en que todo lo vivido tenía un carácter onírico. Contar una con la compañía de la otra fue lo que nos conectó con la realidad de que no había sido un sueño, sino que todas esas cosas hermosas realmente las habíamos vivido. Nos quedaban apenas 23 horas para estar en Buenos Aires antes de regresar a Puerto Rico. Comenzamos a planificar cómo invertirlas sin poder evitar comenzar a agradecer lo que hicieron las personas que formaron parte de este viaje. Al equipo de Hectours que se extendió literalmente desde Santurce hasta la Patagonia.


En Buenos Aires: Soledad, nuestra guía estrella, nos recibió con una sonrisa y un abrazo. Fue historiadora, motivadora, cómplice y confidente. Facundo y Carlos fueron la extensión de los brazos izquierdo y derecho de Adriana en Argentina. Javi, el conductor del bus, nos trató con la máxima galantería nunca antes vista, bailó e hizo lo indecible por contagiarnos y hacernos fanáticas del Boca. Y Atilio, el DJ brasileño radicado en Argentina, combinó magistralmente el ingenio con la simpatía. En Iguazú: Daniel, el guía, mostró el mismo interés en enseñar que en aprender de nosotras.


En El Calafate, Lucrecia, con su forma de narrar, puede derretir un glaciar. Quisiera recordar los nombres de las decenas de conductores de Uber que nos llevaron de un punto a otro y que asumieron el rol de asesores, consejeros, guías y amigos efímeros. A muchos de ellos les adeudaré para siempre canciones nuevas de rock nacional que añadí a mi 'playlist'.


Las últimas horas en la ciudad de Buenos Aires fueron al trote pero estuvieron también llenas de una serena nostalgia. Volvimos a Caminito, nos conmovimos en la Recoleta, hicimos una pausa para volver a San Telmo y a Puerto Madero. Faltando menos de 7 horas para abordar el avión, recorrimos Palermo y descubrimos ese lugar que, al final de los viajes, te captura, te secuestra emocionalmente y te hace buscar excusas para no regresar a casa. Y por supuesto que tenía que ser un bar/restaurante. Rey de Copas fue ese espacio donde documentamos las últimas memorias de este viaje y de ahí salimos en la madrugada a caminar las calles de Palermo buscando dónde interceptar un choripán.



Cuando algo supera mis expectativas, me dan ataques de ternura, y este viaje me dio más de lo que quería. No he hecho el inventario, pero si lo iniciara, podría mencionar: la redefinición de un pañuelo en la Plaza de Mayo, un libro nuevo para leer, la consolidación de una amistad, decenas de canciones nuevas, cientos de conversaciones, miles de fotos e imágenes audiovisuales, y una infinidad de experiencias que hoy se traducen en reflexiones y enseñanzas.


En cada esquina de este viaje encontré una excusa para agradecer lo bueno que es poder. Como dice Fito: "abrir los ojos y estar vivo". Cantaba Mercedes Sosa en su canción "Razón de Vivir": "Para descubrir que la vida va, sin pedirnos nada... y considerar que todo es hermoso y no cuesta nada".

Y pues yo les digo a los que me leen: Soñar e imaginar el próximo viaje no cuesta nada. Argentina entró en mi corazón para magnificarlo y para que desee regresar y conocerla más. Este viaje me dio una felicidad más amplia que el Río de la Plata. Gracias, Adriana, y a tu equipo de Hectours; y gracias, Cynthia, por la complicidad y la compañía.


Lorna Martínez Toledo















869 visualizaciones

Entradas Recientes

Ver todo

1 Comment


Nereida Negron Velazquez
Nereida Negron Velazquez
Feb 21

Quiero información sobre los diferentes viajes que ya tienen planificados.

Like
bottom of page